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Las siete narices del Soho: arte contra la vigilancia
Las siete narices del Soho convierten un pequeño saliente en las paredes de Londres en una oportunidad para observar el arte urbano y su relación con la vigilancia. Según el Evening Standard, el artista Rick Buckley instaló 35 reproducciones de su propia nariz en 1997 como protesta contra la expansión del CCTV. Las piezas eran de escayola y estaban pintadas para confundirse con los muros.
Para quien recorre una ciudad buscando intervenciones artísticas, el interés empieza en esa discreción. La forma de la nariz importa, pero también el color de la pared y la impresión de que la pieza pertenece al edificio. Mirar el conjunto permite entender mejor la propuesta que aislar únicamente el objeto.
Las siete narices del Soho nacieron contra el CCTV
La proliferación de cámaras durante los años noventa fue el motivo de la intervención. El Evening Standard señala que, por entonces, el Ministerio del Interior británico destinaba aproximadamente el 78 % de su presupuesto de prevención del delito a esa tecnología. Las esculturas respondían a una discusión sobre vigilancia y libertad personal, además de introducir una figura inesperada en la calle.
En una entrevista de 2012 con el periódico, Buckley explicó su interés por los situacionistas y por sus acciones esporádicas sin autorización. También describió su intención de colocar las piezas sin ser descubierto. El método estaba así relacionado con el tema: una protesta contra la observación buscaba pasar inadvertida.
Ese contexto ofrece una entrada concreta para la visita. No hace falta adoptar la posición del artista para apreciar cómo una decisión formal, como ocultar una escultura a plena vista, puede participar en un debate público.
El color de las paredes formaba parte de la obra
Buckley pintó las narices para que se parecieran a la superficie donde estaban fijadas y no anunció inicialmente el proyecto. Quería comprobar si podía instalarlas sin que lo detectaran y si los pequeños relieves terminarían pareciendo parte de los edificios. Hubo piezas en el exterior de la National Gallery y de la Tate Britain.
El Evening Standard identificó al autor en 2011. Hasta entonces, el origen de las esculturas había quedado abierto a la especulación. Muchas de las narices originales fueron retiradas pronto; esa pérdida también forma parte de la trayectoria de una intervención expuesta en la calle. No corresponde asignar una misma causa a cada desaparición.
Al observar una pieza, conviene fijarse primero en la continuidad del color y después en el contorno que sobresale del muro. Son dos efectos distintos: la pintura integra la nariz, mientras el volumen altera la superficie. Una fotografía que incluya la pared ayuda a conservar esa relación.
El nombre no garantiza que queden siete narices
La cantidad de piezas conservadas es incierta. El Evening Standard recoge la idea de que quedan siete, aunque el autor del artículo duda de que todas sigan allí. Además, el periódico indica que una de las esculturas contadas entre esas siete no es una nariz de Buckley. El nombre del conjunto no resuelve por sí solo la atribución de cada pieza.
Tampoco sitúa todas las narices dentro del Soho. El reportaje menciona cinco supuestamente conservadas en ese barrio, con referencias a D'Arblay Street y Bateman Street. Las otras dos localizaciones citadas son Endell Street, en Covent Garden, y Admiralty Arch, fuera del Soho.
Estas referencias sirven para orientar un paseo, sin convertirlo en una promesa de siete hallazgos. Para quienes siguen el arte urbano, la visita puede centrarse en las piezas encontradas y en su entorno. La ausencia de una escultura no resta interés a la manera en que otra todavía modifica un edificio.
Las historias de fortuna pertenecen a la leyenda
La supuesta riqueza que espera a quien encuentre las siete narices es una leyenda. También circula un relato según el cual los arquitectos dejaban moldes de sus narices como firma en los edificios. Son explicaciones fáciles de recordar, pero no sustituyen el origen del proyecto que relató Buckley.
Otras historias relacionaron la nariz próxima a Trafalgar Square con Napoleón Bonaparte o con el almirante Horatio Nelson. Una imaginaba una nariz que los soldados de caballería podían pellizcar al pasar; otra, una pieza de repuesto para la estatua de la Columna de Nelson. El Evening Standard descarta esas versiones sobre su origen.
El caso permite observar cómo el público construye relatos alrededor de una intervención cuyo autor no se conoce. La intención artística y las historias posteriores pueden convivir sin confundirse. Al compartir una visita, resulta útil describir por separado lo observado y las leyendas asociadas al lugar.
La visita se entiende mejor mirando también el edificio
La forma, el color y la unión visual con el muro son los detalles principales que conviene observar. Contemplar o fotografiar las esculturas basta; no es necesario tocarlas ni retirarlas. Incluir el entorno permite documentar el intento de incorporar un cuerpo extraño a una superficie ya existente.
La instalación sin autorización también deja abierta la discusión sobre quién puede modificar un edificio. Reconocer una intención artística no resuelve ese desacuerdo. Es posible analizar la obra dentro de la cultura del arte urbano sin presentar su método como una invitación a intervenir en propiedad ajena.
Las narices proponen una visita basada en prestar atención. Más que completar una cifra, el paseo puede servir para descubrir cómo una pequeña alteración cambia la lectura de una pared y recuerda el debate sobre vigilancia que dio origen al proyecto.
Fuente: Evening Standard